Comencé a trabajar en aquel hotel un sofocante y húmedo 15 de julio. La entrevista con mi jefe, Toval, fue muy breve y los dos parecimos caernos bien de entrada; un buen hombre y una chica formal.
Fuí a la tienda de uniformes y compré dos camisas de esas típicas de camarero (rayas verticales en degradé gris) y unos pantalones de lycra con los que cocerte bien agusto, que provocan rozaduras hasta donde no roza la piel.
Mi primer día fue intenso, agotador, extenuante pero lleno de ilusión y buen rollo con mis compañeros que, sensibilizados con mi falta de experiencia, me echaban un cable en cuanto me veían perdida. Cómo llevar la bandeja (mi gran temor), cómo colocar los vasos, el arte de envolver cubiertos en la servilleta, ni muy sueltos ni muy apretados...
Los desayunos parecían fluir sólos, quizás por el sueño y el sopor del verano, quizás porque la gente está más pendiente de llenar bien sus platos de todo tipo de grasientas sustancias -bacon a go-gó, huevos revueltos, salchichas rezumantes de aceite- que de marear mucho al personal, nunca mejor dicho.
Las cenas ya eran otra historia; carreras, ir y venir, gritos, estrés, gente que pierde la paciencia...La falta de coordinación era total, no había rangos, así que igual te ocupabas de siete mesas a la vez que, mareado y un poco flotante, dabas vueltas por el comedor y la terraza recogiendo algún plato allí, dejando algún vaso allá...
El restaurante del hotel constaba de dos zonas: el comedor, donde 35 mesas estaban dispuestas en filas, cada una con su convoy y sus botes de ketchup y mostaza. Y la terraza y el bar, desde donde se veía la piscina y la hilera de apartamentos que rodeaban el recinto.
Mi zona preferida era la terraza, donde se respiraba un poco de aire (no había climatización dentro) y se podía escuchar un poco mejor la música del pequeño escenario que presenciaba la escena al fondo del local. Javier, el cubano, siempre tenía un momento para poner algo de Los Panchos, James Blunt o Juan Luis Guerra, pero por mi como si ponía reggeaton, con tal que la música fluyera y nos diera algo que tararear entre carrera y carrera, casi cualquier cosa podía ser bienvenida.
Javier era cubano, en efecto, de La Habana. Según decía, ya no podía volver por 'rollos políticos', aunque ni ganas según él, renegaba de su país, hablaba de todo ello con una nostalgia cubierta de amargura y rencor. Tenía un hijo en Miami y al hablar de él sus ojos verdes se tornaban grises. Había estado casado 5 veces, con una cubana (fruto de ese matrimonio nacío Manuel, su único hijo), con una puertorriqueña (época en que vivió en el Bronx), con dos andaluzas (con una vivió en Triana y con la otra en Lavapiés) y por fin parecía haber encontrado la estabilidad con una menorquina. Era como si el amor hubiera guiado sus pasos por el mundo, como si las mujeres le hubieran ido asentando aquí o allá, siempre en los peores barrios, para haber terminado en aquel hotel menorquín.
Javier me caía muy bien, me resultaba atractivo, tan vivo, todo un chuleta enmascarado con su labia cubana y su culito prieto. Me ayudaba bastante, aunque era de los que más se estresaba con el trabajo, siempre tenía un ojo puesto en mis pifiadas, me avisaba de la presencia de Toval con un leve movimiento de ceja, o me enseñaba pequeños trucos hosteleros.
Pero lo que más me gustaba era verle en el bar, sirviendo copas y preparando cócteles. Allí estaba como pez en el agua y deleitaba a los guiris con sus bailes con la coctelera, lanzando los cubitos al aire para encestarlos limpiamente en los vasos de tubo, girando sobre las puntas de sus pies, manejando con ligereza las botellas. Parecía bailar en vez de andar.
La cajera se llamaba Joana. Nacida en Menorca, de padres menorquines. Blanca como la leche, ojos azules a ratos tristes, a ratos chispeantes, un hilito de voz y una risa que aunque salía poco, daba gusto oir. A mi me encantaba decirla tonterías al pasar volando hacia la cocina con las pilas de platos, en pleno apogeo de las cenas, me gustaba hacerla reir con muecas grotescas; a veces la ponía notitas o caritas sonrientes en las comandas, y desde lejos la observaba el gesto de sorpresa mirando a su alrededor al descubrirlas. También me gustaba cortar una flor de las que adornaban el sendero que llegaba hasta el bar y colocársela en la caja; la flor de la suerte, para que no haya mucho trabajo y todo salga bien, la decía yo.
La flor terminaba marchita antes de tiempo por el calor que desprendía la máquina registradora...
Qué poco se quería a sí misma Joana. Acomplejada por una ligera cojera consecuencia de una meningitis infantil, no cuidaba su aspecto lo más mínimo, y eso que era una chica guapa. Tenía una belleza alemana, quién sabe qué antepasados corrían por sus venas entre toda la mezcolanza que había en la isla. Le gustaba mucho la música, los grandes éxitos de los 80, una rockera nostálgica de Scorpions, Boston, Pretenders, algo de los Guns y muchos recopilatorios de esos con las mejores canciones de aquella época plateada. Poco o nada contaba de su vida, salvo que vivía sola con su perra Nula y que no tenía novio ni quería uno. Mejor sola que mal acompañada, Anita! me decía siempre.
Los días pasaban plomizos y agotadores en el hotel. Las borracheras y broncas nocturnas de Toval con los chefs eran el pan nuestro de cada día. Se hacían cada vez más fuertes, había que ingeniárselas a última hora, cuando ya no quedaba nadie en la terraza, para ir huyendo de Toval y sus cabreos, agachando la cabeza a su paso, evitando el contacto visual que daría pie a reprimendas infundadas, a consejos de lengua de trapo, a miradas sucias enturbiadas por el alcohol.
Los mejores momentos para mi, sin duda, eran de 7 a 8 de la tarde cuando no había apenas trabajo y yo me adueñaba de la barra del bar junto a José, el camarero más veterano.
José era menorquín de pura cepa y estaba casado con una francesa. Había vivido en Alemania, en Brasil, en Inglaterra y en Francia, en sus arrugas se reflejaban las huellas de esos viajes, de tanto trabajo y vivencias. Hasta los 16 años estuvo trabajando en las fábricas de zapatos de la isla, todo el mundo había pasado por ellas, decía. Cobrar una miseria y currar de sol a sol.
Jose me apreciaba mucho, y yo a él. Un hombre huraño, de pocos amigos, eficaz como ninguno en su trabajo, rápido y seco, amable pero discreto.
Conmigo era muy exigente, no me pasaba ni una pero siempre con gestos cortos y breves, con una mirada fija, no le hacía falta decirme mucho, él lo sabía y yo lo apreciaba.
Me llamaba Nana cariñosamente y me enseñó más que nadie en aquel hotel.
Sobre hostelería me enseñó a ser rápida, discreta, eficaz y a tener siempre los ojos muy abiertos.
Pero sus mejores lecciones eran sobre la vida. Por eso le apreciaba tanto y, allí donde se encuentre, espero que viva en paz, como a él le gustaba.
José había tenido un bar, en el puerto de Ciutadella, que abrió junto a su mujer, Francesca. El pub se llamaba Minim's, como el parisino Maxim's pero adaptado a las circunstancias, decía. Me contaba como la heroía fue la culpable del cierre, como noche tras noche había que sacar a rastras a los drogadictos, mitad ser mitad entes, como podía reconocer en sus caras a amigos de la infancia ahogados en aquel infierno que asoló la isla...